Hace muchos siglos, en las montañas verdes de Etiopía, vivía un joven pastor llamado Kaldi. Cada día cuidaba de sus cabras mientras ellas recorrían los campos en busca de pasto fresco.
Una tarde, Kaldi notó algo extraño: sus cabras brincaban, corrían y danzaban con una energía inusual, como si la luna misma les hubiera dado su fuerza. Intrigado, el pastor las observó y descubrió que comían los frutos rojos de un arbusto silvestre.
Movido por la curiosidad, Kaldi probó aquellas cerezas brillantes y, de pronto, sintió cómo su cansancio desaparecía. Una calidez despertó en su interior, y sus ojos se abrieron como si la noche le hubiera regalado un nuevo amanecer.
Deseoso de compartir su hallazgo, llevó los frutos al monasterio cercano. Al principio, los monjes dudaron, y hasta arrojaron algunos granos al fuego. Pero entonces, un aroma profundo y embriagador llenó el aire, envolviendo a todos en un misterio delicioso. Fascinados, recogieron los granos tostados, los molieron y los mezclaron con agua caliente.
Aquella bebida, oscura como la noche y brillante como el alma despierta, les permitió mantener sus oraciones hasta el amanecer.
Desde entonces, el secreto de aquel arbusto milagroso viajó de pueblo en pueblo, de tierra en tierra, hasta convertirse en el café, la bebida que despierta corazones, inspira pensamientos y une a las personas en cada rincón del mundo.

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